vacaciones en Francia para hablar de este delicioso placer sádico e inconfesable que consiste en... joder gratuitamente al prójimo.
¡Attention! No hay que confundirlo con la capacidad casi inconsciente de algunos indivíduos de incordiar a los demás por pura falta de civismo. Un ejemplo: la madre de familia que aparca, sin avisar, su enorme monovolúmen en doble fila -en una calle de doble sentido muy estrecha y en hora punta-, justo delante
de una plaza de aparcamiento...¡vacía! No es que
esta buena madre clueca sea un monstruo que destile inquina...
No. Simplemente, no ve por qué debería sudar maniobrando para encajar su "panzer" en un espacio tan chico, si los demás conductores que vienen detrás son los que van a joderse por ella, creando una mega congestión de vehículos impacientes. Y eso, si no es, además, el origen de daños materiales en caso de que uno de los conductores, rabioso y exasperado, adelante al panzer justo cuando viene de frente un bus de la EMT... C'est pas de chance ! (¡mala suerte!).
Noooo-nonono. Hablamos en este post de otras intenciones más perversas que son el motor del verdadero arte de joder al prójimo. Hablamos del sádico regocijo ante la cara descompuesta de la persona inocente a quien acabamos de putear. Las víctimas son, generalmente, unos perfectos desconocidos a quienes puteamos de incógnito -cabe destacar que los que se dedican a este pasatiempo ruin generalmente disponen de mucha mala leche, mucho tiempo desocupado pero poquitos huevos-. El "ciudadano prurito", le llamaremos así, prefiere actuar en la confortable sombra del anonimato; es un experto en el manejo de la carta o la llamada de teléfono sin identificar, y en la zancadilla solapada. Para él o ella, llamar a la policía para denunciar a los vecinos que organizan una fiesta en su casa -y que han tenido el detalle de avisar unos días antes, dejando una nota de disculpa en todos los buzones del vecindario- es mucho más satisfactorio, seguro y glamuroso que subir en pijama a las 3 de la madrugada para encararse con dichos vecinos y pedirles que por favor bajen el volumen de la fiesta...
En el arte de joder hay un potente factor psicológico subyacente, una gran congoja existencial... El que jode por placer anhela ser el brazo de la ley, el guardián de una moral y una autoridad punitiva. En general, es un ser pusilánime, frustrado y vengativo que no soporta que los demás sean felices cuando él o ella, obviamente, es incapaz de serlo. En Francia, durante la ocupación alemana en los años 40, se practicó mucho la delación deletérea, la versión 4.0 del arte de joder. ¡Qué placer poder jugar al pequeño ciudadano responsable y patriota llamando a la Gestapo para avisar que aquel vecino de abajo es judío! ¿Pruebas de ello? ¡Tenía la nariz aguileña y tocaba el violín, herr Kolonel! Y este mismo delator profesional, tras la Liberación, se encuentra del lado de los resistentes, jodiendo y denunciando, esta vez, a los colaboracionistas. Admiraremos la proeza del contorsionista...
Hoy en día, hay un sinfin de opciones para joder gratuitamente al prójimo, siempre que se tenga tiempo libre, alma malévola y dominio de la hipocresía. Por lo que me han contado, un vecino mío, por ejemplo, es capaz de agazaparse durante horas detrás del visillo, cual paciente araña, para acechar al coche que se aparca en el espacio reservado a los minusválidos justo delante del inmueble... Baja entonces a la calle con aires de abuelito benévolo e inocente, busca detenida, pero discretamente, la presencia del papelito que indica que el conductor tiene todo el derecho de aparcarse en este sitio reservado, y casi tiene una erección cuando no lo ve... ¡Puede llamar a la grúa! Hasta unos familiares míos se han convertido en el tormento de un joven estudiante, desafortunado vecino de todo un inmueble de pensionistas amargados, que le acosan a base de notitas anónimas en el buzón, avisos agrios a la presidenta de la comunidad de vecinos, miradas, murmullos y suspiros llenos de odio recodido cuando se cruzan por el pasillo. El crimen: el chico guarda su bicicleta debajo de la escalera en la entrada del inmueble y, por lo visto, el manillar de goma deja manchitas redondas grisáceas en el muro. Y NO les valen los argumentos según los cuales unas manchas debajo de una escalera no molestan mucho; el chico se arriesga a que le roben su único medio de locomoción si lo deja fuera; acabará con un lumbago si sube y baja la bici a cuestas varias veces al día para guardarla en su balcón. Ha manchado el muro ¡Qué desfachatez!
Y así nos va, queridos lectores. ¡Con lo que Pedro adolece, Sancho convalece! En cuanto me quede claro quien es el vejete que llama a la grúa, iré -de noche- a depositar delante de su puerta unos cuantos zurullos de perros que voy recogiendo de la calle a tal efecto...
Nestor Poireau

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