Cuenta Tom Wolfe en su
libro El Nuevo Periodismo que, hace años, el Daily News envió a un periodista y
un fotógrafo a hacer un reportaje sobre un señor muy gordo que se había aislado
a bordo de su velero, anclado fuera del
puerto Long Island Sound. El gordo en cuestión no había encontrado mejor
fórrmula para evitar las tentaciones gastronómicas que alejarse mar adentro y
huir así de todo peligro alimenticio; lo que se entiende si atendemos a su
propia confesión: “Soy uno de esos tíos que pasan delante de una charcutería,
respiran hondo y engordan inmediatamente cuatro kilos”.
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| Portada de El Nuevo Periodismo |
Yo conozco más de un
gordo -o gorda- de estos que deben vencer tremendas tentaciones e imponerse
extremos sacrificios con tal de perder unos gramos de peso. A veces, a su
infelicidad por no poder darse un banquete se une la tristeza de ver que la
báscula no le regala ninguna buena noticia, y no obstante prosiguen en su
empeño… Evidentemente, son gente heroica.
Hace poco coincidí con
una amiga, habitual y ostensible amante de la buena mesa, en un acto al final
del cual se anunciaba un cóctel. Cuando comenzaron a aparecer los camareros con
las bebidas y las viandas, el rostro de mi amiga se ensombreció y noté que, a
la vista de unos pinchos de tortilla, su expresión se tornaba aún más sombría
y, muy decidida, daba la espalda al portador de la castiza tentación culinaria.
-¿Qué pasa?- le pregunté,
al ver que solo echaba mano de un vaso de zumo y desdeñaba los manjares.
-Es que he empezado una
dieta y mañana tengo que ir a pesarme, y si tan solo huelo un pincho de
tortilla, estoy perdida.
-¿Y dónde vas a pesarte?
¿No tienes báscula en el cuarto de baño?
-Es que tengo que ir a
pesarme a la clínica. Me he apuntado a un programa de adelgazamiento controlado
por los médicos y son muy severos. Si no cumplo, me expulsan. Y mañana tengo un
control.
Meses después volví encontrármela y me anunció, radiante, que
había conseguido perder ya doce kilos. Estaba feliz y, por supuesto, más guapa.
Casualmente, acabo de leer que cien gordas cuarentonas de Málaga están
siguiendo un programa de adelgazamiento controlado por especialistas de cuatro
clínicas -¿estará mi amiga entre ellas?-. La mitad de estas gordas lleva un año
siguiendo un plan de dieta mediterránea con ejercicio intensivo y ya han
perdido 12 kilos. La otra mitad, que también sigue un plan de dieta
mediterránea pero sin ejercicio intensivo, solo han perdido dos kilos.
¿Querrá decir esto que
lo de la famosa dieta mediterránea es un bluff
y que si no se suda la camiseta no se pierde peso?
Yo creo que todos estos
gordos que se someten a duros regímenes de adelgazamiento y sufren en silencio
pensando en comida se merecen un monumento de Botero, consigan perder más o
menos peso. Pero toda esa otra gente obesa –a veces familias enteras- que,
sobre todo ahora en verano, se exhibe impúdicamente en la playa sin ningún
recato, como ufanándose de su monstruoso y antiestético exceso de carne y
grasa, el único monumento que se merece es la picota.
Capitán Ad Hoc

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