viernes, 22 de agosto de 2014

REFLEXIONES SOBRE LA GORDURA (III): EL CAPITÁN AD HOC Y LOS GORDOS HEROICOS

Cuenta Tom Wolfe en su libro El Nuevo Periodismo que, hace años, el Daily News envió a un periodista y un fotógrafo a hacer un reportaje sobre un señor muy gordo que se había aislado a bordo de su velero,  anclado fuera del puerto Long Island Sound. El gordo en cuestión no había encontrado mejor fórrmula para evitar las tentaciones gastronómicas que alejarse mar adentro y huir así de todo peligro alimenticio; lo que se entiende si atendemos a su propia confesión: “Soy uno de esos tíos que pasan delante de una charcutería, respiran hondo y engordan inmediatamente cuatro kilos”.


Portada de El Nuevo Periodismo
El caso es que cuando el periodista -un tal Monks- y su fotógrafo se encontraban a mitad de camino en su lancha neumática, esta sufrió un desgarrro y corría peligro de hundirse. Entonces Monks se lanzó al agua y empezó a nadar hasta el barco del gordo -mientras el fotógrafo hacía fotos de su gesta natatoria-, que lo rescató cuando ya estaba a punto de morir congelado, pues era invierno y la temperatura del agua casi era de cero grados. El reportero estaba tan decidido a conseguir su reportaje como el gordo a perder peso, y no sabemos quien de los dos tenía más mérito.

Yo conozco más de un gordo -o gorda- de estos que deben vencer tremendas tentaciones e imponerse extremos sacrificios con tal de perder unos gramos de peso. A veces, a su infelicidad por no poder darse un banquete se une la tristeza de ver que la báscula no le regala ninguna buena noticia, y no obstante prosiguen en su empeño… Evidentemente, son gente heroica.

Hace poco coincidí con una amiga, habitual y ostensible amante de la buena mesa, en un acto al final del cual se anunciaba un cóctel. Cuando comenzaron a aparecer los camareros con las bebidas y las viandas, el rostro de mi amiga se ensombreció y noté que, a la vista de unos pinchos de tortilla, su expresión se tornaba aún más sombría y, muy decidida, daba la espalda al portador de la castiza tentación culinaria.
-¿Qué pasa?- le pregunté, al ver que solo echaba mano de un vaso de zumo y desdeñaba los manjares.
-Es que he empezado una dieta y mañana tengo que ir a pesarme, y si tan solo huelo un pincho de tortilla, estoy perdida.
-¿Y dónde vas a pesarte? ¿No tienes báscula en el cuarto de baño?
-Es que tengo que ir a pesarme a la clínica. Me he apuntado a un programa de adelgazamiento controlado por los médicos y son muy severos. Si no cumplo, me expulsan. Y mañana tengo un control.

Meses después volví  encontrármela y me anunció, radiante, que había conseguido perder ya doce kilos. Estaba feliz y, por supuesto, más guapa. Casualmente, acabo de leer que cien gordas cuarentonas de Málaga están siguiendo un programa de adelgazamiento controlado por especialistas de cuatro clínicas -¿estará mi amiga entre ellas?-. La mitad de estas gordas lleva un año siguiendo un plan de dieta mediterránea con ejercicio intensivo y ya han perdido 12 kilos. La otra mitad, que también sigue un plan de dieta mediterránea pero sin ejercicio intensivo, solo han perdido dos kilos.

¿Querrá decir esto que lo de la famosa dieta mediterránea es un bluff y que si no se suda la camiseta no se pierde peso?

Yo creo que todos estos gordos que se someten a duros regímenes de adelgazamiento y sufren en silencio pensando en comida se merecen un monumento de Botero, consigan perder más o menos peso. Pero toda esa otra gente obesa –a veces familias enteras- que, sobre todo ahora en verano, se exhibe impúdicamente en la playa sin ningún recato, como ufanándose de su monstruoso y antiestético exceso de carne y grasa, el único monumento que se merece es la picota.

Capitán Ad Hoc



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