viernes, 3 de febrero de 2017

PEDORRIENTE O PRETENDORRO

Mis queridos cachorros, imagino que a estas alturas no esperabais volver a saber de mi, después de tantos meses sin publicar ni una coma. ¿Y quién podría haberme sacado de mi marasmo para volver a alimentar el blog?  Pues, ni más ni menos, que mi querida reina de corazones/mojones: Candela. A la protagonista de dos post de corte romántico escatológico ahora le ha salido un pedorriente... o pretendorro, lo que más os guste.

Para los que no sepáis quién es Candela o necesitéis refrescar sus desventuras, aquí van los enlaces a Cuando un Tórriodo Romance se va por el Retrete y El Síndrome de la Caca Fría.

Pero volvamos al pedorriente o pretendorro. Un término acuñado por una servidora, producto de combinar los términos pretendiente y pedorro. Ya imagináis por donde van los tiros, ¿verdad?
La palabra pretendiente siempre me ha sonado a vocabulario de abuela. Galanteador, cortejador, prometido, acompañante, aspirante, candidato, interesado, solicitante... En fin, uno que te quiere llevar al huerto y que, en su empeño, se conduce con mayor o menor tino. En este caso, poco. El tipo, según el relato de mi estimada Candela, anda algo falto de caballerosidad y encanto. Y de ahí viene la pedorrez, al menos en sentido figurado.

Tras un par de citas que no pasaron de ser agradables y de un número indeterminado de mensajes de whatsapp que terminaron por desconcertar a Candela sobre las intenciones del pedorriente, por fin hubo un encuentro que hizo pensar a mi amiga en que el tipo era digno de subir a casa a tomar una copa. Error.

Una equivocación propia de alguien que ya tenía un alto porcentaje de alcohol en sangre, todo hay que decirlo, y que llevó a nuestra protagonista a vivir una de las situaciones más surrealistas de las que he tenido conocimiento en lo que a "cortejo" se refiere.  La casualidad quiso que se hubiese quedado sin hielo, y que yo, unos pisos más arriba, estuviese en plena soirée, por lo que recurrió a mi para que la abasteciera. Tras proporcionarle unos terrones helados, la conminé a apuntarse al sarao con su "galán", al cual, por cierto, conozco. Obviaré la estupefacción que me produjo conocer el affaire.

Cuando nuestra desventurada llegó a su apartamento, el tipo estaba, cuan largo es, tumbado en el sofá, roncando cual cochino jabalín. Lo que la pobre no sabía es que esos sonidos, como provenientes del averno, no eran los más espeluznantes que iba a escuchar esa noche...
No tendría que haberse empeñado en arrancarlo, no sin cierta dificultad, de los brazos de Morfeo, porque la escena que presenció a continuación le cortó de cuajo la embriaguez, en todos los sentidos.

Ante la oferta de sumarse a la fiesta, el pedorriente dijo que la esperaba en casa (en la de ella).  Ni corto ni perezoso, saltó del sofá, con una agilidad pasmosa para alguien que se había dormido profundamente, y se dirigió al dormitorio, donde se desembarazó de la ropa, quedándose únicamente con una prenda capaz de matar la libido de cualquier mujer: Un slip, azul marino para más señas, cuya obscenidad se incrementaba por lo impúdico de una postura pretendidamente sexy que adoptó su dueño al tumbarse de lado sobre la cama. Horrible... e hilarante al mismo tiempo. Al menos no se dejó puestos los calcetines.

Cuando Candela, que salió huyendo de su propia casa para refugiarse en la mía, me contó este episodio le proporcioné una buena dosis de ginebra, mientras trataba de no ahogarme de la risa imaginando semejante estampa. Una vez anestesiada, decidió volver a su casa, sin importarle lo que sabía que le aguarda, y resignada a compartir el colchón.

No llevaba mucho rato dormida, justo al borde de la cama, cuando el pretendorro se levantó en busca del baño. Como sabéis, a Candela siempre le ha preocupado eso de hacer uso del WC habiendo un hombre en su cama, así que cuando se mudó de apartamento, pesó mucho en su elección encontrar un baño donde lavabo y sanitario estaba separados, quedando este último más alejado del tálamo, con la ventaja añadida de que median dos puertas entre el lugar de las deposiciones y el lecho.
Reconozco que comparto con ella la idea de que a nadie le gusta que puedan oír u oler su actividad intestinal, y menos un candidato a amante. Pero resulta que las dos nos equivocábamos...

Tras encontrar la luz y aumentar la perturbación de Candela con un perfecto momento hucha (eso le pasa por abrir un ojo cuando no debe), el tipo dejó deliberadamente abiertas ambas puertas del excusado y expulsó al demonio mismo de su cuerpo por el esfinter, una buena parte en estado gaseoso, a juzgar por la terrible sucesión de sonoros cuescos y pedorretas que, con enorme estupor, escuchaba nuestra heroína.

A partir de la apestosa serenata, más que la dormida, se hizo la muerta.

Azorada como estaba, a la mañana siguiente le sorprendió la naturalidad del pedorriente supremo.
Ella era la que estaba avergonzada, mientras que el hombre enfundado en un slip azul hacía alarde de una inusitada confianza en sí mismo al ser capaz de mirarla a la cara después de semejante episodio.
Cuando lo despachó, Candela se calzó unos guantes de goma y, armada con escobilla y desinfectante, se aplicó en la tarea de limpiar el lugar del crimen. Pero después de este trauma, su trono no volverá a ser el mismo. Y mucho menos la imagen que ambas tenemos del pretendorro.

Mi teoría es que un comportamiento así solo puede ser deliberado... ¿No os parece una extraña forma de cargarse a pedos un posible amorío antes de que empiece? Tengo que comentarlo con Candela, que ya está pensando en volver a mudarse; ya os pondré al día en el próximo post. Hasta entonces sed buenos... Pero traviesos, que si no es muy aburrido.

Cruela Débil

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