La mujer que diga que no le gusta un buen piropo, miente. Un piropo dicho en el momento justo, con gracia, con clase y en el tono apropiado tiene un extraño poder sobre las féminas... nos eleva del suelo, nos hace momentáneamente poderosas y dibuja una sonrisa en nuestra cara por malo que esté siendo el día hasta ese momento. Una mujer piropeada gana en belleza, como si esas cuatro palabras lanzadas al viento por un galante desconocido tuviesen los mismos efectos que una mañana en el spa.
¡Qué bonito el arte del piropo fino! Y el ordinario también, para qué engañarnos..., porque llegado el momento, una vez han empezado a salir las canas, también nos vale el más soez y zafio comentario salido de boca de un ser se metro y medio cubierto de pelo -no, no hablo de un ewok-. Si ese homínido ibérico, estratégicamente ubicado, nos informa en el momento justo en que pasamos por su lado sobre lo que nos haría si pudiera, nuestra reacción será poner cara de asco y musitar algo que denote indignación y repugnancia a partes iguales... Si este tío me toca me desmayo... Pero al mismo tiempo, algo en nuestro fuero interno está haciendo una coreografía a lo cheerleader y nuestro ego se despierta alegre y dicharachero. En fin, lo que viene siendo sentir repulsión y deleite al mismo tiempo -ya... los hombres no sois capaces de entender esta extraña dualidad, pero así somos nosotras-.
El simple hecho de saber que no somos invisibles hace mucho por nuestra autoestima y, aunque la hipocresía lleve a algunas a negarlo, si pasamos por delante de un grupo de machos, haciendo trabajos de machos, el silencio nos cae encima como una afección cutánea facial, sumada a ocho kilos de grasa colocados en culo, muslos y caderas. Si ni los personajes más infectos nos obsequian con un sencillo "ay, madre mía" al tiempo que nos escanean, es que ya carecemos por completo de atractivo, al menos eso nos susurra la cheerleader de nuestro fuero interno antes de ahorcarse.
Así que, con permiso de feministas recalcitrantes e hipocritillas que van de puritanas, confesémoslo: nos gusta gustar, nos encanta que ensalcen nuestros mejores rasgos, y nos complace el cumplido. Pero, ojo, siempre que el piropeador sepa cual es su sitio y no aspire a traspasar la barrera del halago lanzado a distancia... Porque si hay algo más demoledor para una mujer que pasar desapercibida ante un abyecto especimen poco evolucionado que la debería lisonjear, es que un ejemplar se semejantes características asuma que esa mujer, superior a él a todos los niveles, está a su alcance, empiece a rondarla y le haga "el ataque de la morena". Dramático e indignante, mis queridos cachorros... Tanto, que dedicaremos un post enterito a analizar este extraño fenómeno y a reaccionar como una señora ante las acometidas de algunos infraseres -o como una zorra perversa, que también mola-.
Ahora voy a confirmar mi teoría dándome un paseo por una obra cercana -espero recibir abundantes arrullos y camelos, aunque sean de los más ominosos-. Hasta el próximo post, sed buenos... Pero traviesos, que si no es muy aburrido.
Cruela Débil
¿Pero e'hto què èèèèè? No creo que a ninguna mujer le guste esta sarta de improperios calés...
ResponderEliminar¿Lo dices por el vídeo? Es tan zafio que tiene gracia...
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