Recuerdo que, durante la Transición, hubo un tiempo en que se hablaba mucho de “la erótica del poder”, frase que, contra lo que algunos pudieran pensar, no se refería a que los ministros corrían por los pasillos del Ministerio en pos de sus secretarias, ni estás detrás de los ministros. La erótica del poder venía a significar el apego, la atracción, la excitación que quienes ejercen el poder experimentan por el cargo y las facultades de mandar sobre los demás que comporta. Sentimientos que, probablemente, también experimentan quienes aún no tienen ese poder, pero aspiran a conseguirlo con la ansiedad de alguien perdidamente enamorado. “El poder –dijo Henry Kissinger- es el último afrodisíaco”. Pero sin sexo, añado yo.
Esta erótica no consiste en poder emular a Casanova, sino en poder gastar dinero público. Por eso, cuando algún político alcanza un cargo, lo primero que suele hacer no es echarse una amante, sino agenciarse una tarjeta de crédito con cargo al presupuesto y alcanzar así un pequeño orgasmo cada vez que la utiliza, sobre todo si es para pagar algo tan lúdico como una buena comilona con los correligionarios.
Cuando el PSOE ganó las elecciones en 1982, muchos cargos socialistas, que durante tantísimo tiempo habían estado alejados de las esferas del poder y soñando con conseguirlo, cayeron víctimas de esta erótica. En Andalucía, por ejemplo, la cosa se desmadró hasta el punto de que se hicieron famosas las comilonas con langostinos que la Junta de Andalucía organizó en París -creo que en algunos de los barcos que surcan el Sena-, en tiempos de Pepote de la Borbolla; banquetazos que, ya entonces, dieron mucho que hablar y fueron piedra de escándalo, y eso que aún estábamos bastante vírgenes en esto de la corrupción de los políticos.
Pero, al fin y al cabo, muchos de estos socialistas venían de pasar hambre durante mucho tiempo -hambre de poder, hambre de dinero público y, quizá, hasta hambre en sentido estricto-; y si no es disculpable el dispendio, sí es comprensible que quisieran resarcirse de tanto ayuno dándose unos fastuosos homenajes a base de langostinos, jamón pata negra, vinos de marca y otras exquisiteces en proporciones pantagruélicas.
Lo que sí que clama al cielo y no tiene perdón de Dios es que gentes adineradas a las que no les falta de nada -salvo vergüenza-, como ocurre ahora en el caso de Caja Madrid-Bankia, utilicen unas tarjetas de crédito clandestinas para derrochar miles de euros en disparatados caprichos personales, que podrían costearse, si quisieran, con los disparatados sueldazos que tienen.


En cuanto a la primera parte de su artículo, la erótica del poder la describió muy bien una personalidad de la Transición cuando dijo :"con la erótica del poder no tengo tiempo para otras eróticas".
ResponderEliminarEn cuanto al afán de los ricos en hacerse con más dinero se podría decir que es adicción a la usura.